Biblioatrofia
por: Federico Lotario
Hay demasiados libros en el mundo:
cualquier pelmazo puede participarnos sus patrañas,
creyéndose que hay algo nuevo bajo el sol.
Vedamos la divulgación a tantos prodigiosos,
mas nos prodigamos con tantos vecinitos
que no saben ni el “mi mamá me ama.”
Quien sabe descifrar el carácter
percibe su sobreabundancia,
mas no aprendemos sino a leer
aquellas aglutinaciones condensadas
que nos despiertan las primeras reminiscencias,
haciéndonos creer que somos sabios.
Ellas desaparecen cuando
las runas falsas se ponen de moda,
vaciando el estante en nombre de aquel progreso
que siempre promete resguardarnos de
aquella incineración final
que hace nuevas todas las cosas.
Nadie concibe, alumbra ni anhela
sin recurrir a los comadrones que siempre
despliegan un claroscuro distinto,
tanto cuando mienten como cuando dicen
la verdad que ellos mismos desconocen.
Nuestros cuerpos se letran con la carne
que nos fija en los renglones hemorrágicos,
los cuales no se cansan de jurar y perjurar
que somos eternos, como si todo escriño
no hubiera de devenir en uno más entre todos
los puñados de nuestro polvo astral.
Hay demasiados libros en el mundo:
aprovecharía más incinerarlos todos
para que germine nuestra resolución mejor,
antes de que cese la tormenta de papel
y se seque el océano que mantiene
estables a los prosaicos que
se congratulan de nunca dejar sus celdas.
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