Por: E.J.Nieves (Edgar J. Nieves)
Abrí la puerta y se me lanzó encima como leona que caza a su presa. Parecía un monstruo, no de fea porque de eso nada tenía. El deseo decoraba su rostro, sus ojos hablaban por sí solos y sus labios se arraigaban a los míos con gran recelo. Sin mirar me fue desvistiendo. ¡Camisa afuera! En la oscuridad encontró el camino al cuarto. ¡Es que se sabía la ruta de memoria! El deseo de la excitación se hacía más augurante. Su boca mordía mis labios; yo soltaba algún quejido de dolor placentero. ¿Por qué será que el sexo es el dolor que más se goza? ¡Placer! ¡Gemidos! ¡Labios rojos, violáceos! ¡Adentro! ¡A fuera! ¡Se grita! ¡Se llora!
En este punto me lanzó a la cama. ¡Fuá! Caí como balón que asesta al aro. Y sin perder el tiempo ya se encontraba encima de mí. ¡Uñas! ¡Arañazos! ¡Besos! ¡Mordidas! ¡Tetillas! Y zipper abajo. No hay tiempo que perder, “manos a la obra” que “el tiempo es oro”. Y cualquier otro refrán que con esto convenga.
Besos de nuevo. ¡Grito, excitante! Lengua que cruza mi pecho, entonces me vuelvo erecto. Ella lo siente, le gusta y sonríe. ¡Ha encontrado el punto débil! ¡El punto clave! ¡El punto estratégico! ¡Cualquier otro punto! Sin sorna comienza a moverse sobre el erecto. Lo disfruta. Sus ojos se tornan, se vuelven blanco. Nuevamente, lo disfruta y otra vez y una vez más. Se inclina sobre mí, quizás para sentirlo con un poco más de presión. ¡Sí, la cabeza! Y comienza a jugar con mis pezones. ¡Punto débil! ¡Ahí quedé! ¡Gemido! ¡Sonrío! ¡Muerde, sí ella! ¡Juega, otra vez ella! ¡Su lengua, húmeda, fría, mojada! Sí, su lengua. Con su punta de la lengua, solo eso. Serpiente mortífera. Veneno. Mordida. Profunda y superficial. Juego infernal. Para, se detiene. Me mira a los ojos, fijamente, por primera vez, y me pregunta cómo me siento. ¡¿Qué cómo me siento?! Excelente. Excitado. Caliente. Deseoso. “¡Qué importa! No pares y sigue”, grito, contesto sinceramente no sé cuál de las dos. Me sonríe y continúa.
¡Pantalones abajo! Lo mira, sí, al erecto. Sonríe, una vez más. Se relame, como perra con hambre o quizás en celo. Pasa su lengua por sus labios de forma provocativa. Y me da un bioco. ¡Me toca! Pero para. ¡Para! Se quita la blusa. No lleva sostenes, esto ya lo había planificado. Quedan al aire, indefensos, redondos u ovalados. ¡Qué importa! Se mueven cuando ella se mueve y se restriegan por mi cara. Sí, se encuentra inclinada sobre mí. Al rato ya no lleva ropa. Está desnuda. Como en el jardín del Edén. Adán y Eva. El fruto prohibido sinónimo de sexo.
Ya no hay más preámbulos. Ha jugado con su presa el tiempo suficiente (hecho totalmente irrelevante decir que la víctima soy yo). Ya se ha cansado de jugar y tiene hambre. El rugido del estómago de la leona se escucha en el aire. Su presa frente a sus ojos se encuentra, la presa soy yo. Abre sus fauces, enormes, gigantescas, cavernosas y comienza a comer. ¡Muerde! ¡Arranca! ¡Mastica! ¡Traga! Y se repite el ciclo, múltiples veces. Aún se encuentra jugando con mi pecho. El erecto abajo la espera, espera sus enormes fauces. Ya no hay por qué esperar y ataca así sin más. “El que con fuego juega…” “Si por carne maúllas, aquí está la tuya”. ¡Abre! ¡Cierra! ¡Chupa! ¡Absorbe! ¡Saborea! ¡Sudor! ¡Carne! La siento jugando con su lengua.
Entonces se activa mi memoria y me transporto. Palabras escuchadas mucho tiempo atrás se hacen reflejo del momento. El sexo no es solo el encuentro de dos cuerpos, sino el encuentro de todas las personas con las que tú y la otra persona han experimentado. ¡Flash! Ya no estoy con ella. Sí, aún juega con el erecto como si fuera un juguete, se entretiene y mi mente se transporta…
Allí está él, tan hermoso, impecable, carnal, instigador del pecado. Se me acerca, nos besamos si más anuncio y ya nos encontramos en la cama donde ahora me encuentro o encontraba. ¿Qué parte es más real? Le sonrío, no con sonrisa habitual sino invitándolo a acercarse y él me entiende. Nos desnudamos. ¡Besos! ¡Lengua! ¡Boca! Lo típico. Me muerde el lóbulo y yo le acaricio su pecho. Le lambo su pecho. Absorbo sus pezones, lentamente, cuidadosamente, paulatinamente, ect. Me mira lo miro, nos miramos. ¡Pícaro! ¡Atrevido! ¡Hermoso! Sus ojos! ¡Azules! ¡Verdes! ¡Grisáceos! Mezcla de todos! ¡Qué más da! Nos besamos, de nuevo. Salvajemente. Compartimos nuestra saliva. Su lengua se adentra en mi boca, la mía en la suya. Jugamos y más besos.
No más formalidades y “mano a la obra”. “No hay más tiempo que perder”. ¡El tiempo es oro! El erecto es nuevamente víctima, no de leona furiosa sino de león atrevido. Pero ya lo lleva adentro, juega, lo toca y lo acaricia. ¡Gemido! ¡Sí, mío! ¡Placer! Le aguanto su cabeza para que siga con su juego. En su boca el erecto, casi se atraganta y lo saca. Me mira como diciendo: “cógelo con calma” y sin más continúa. Con una mano lo aguanta con su lengua juguetea con la cabeza.
¡Placer doble! Él y ella. Ambos. Los tres. Vuelvo, el recuerdo queda atrás. Se detiene, de repente, sin anuncio. Me mira y pregunta: “¿En qué piensas?” Abro mis ojos porque los tenía cerrados y la miro. Mirada fija. ¡De dos filos! ¡Cuchillas que cortan! “En nada”, le digo, “continúa”, añado y le meto el erecto en su boca para que siga jugando.
¡Flash! De nuevo. Estoy con él. Continúa jugando y yo para hacerle gozar un poco más le toco también. Se lo agarro, lo aguanto en mi mano. Lo comienzo a frotar. Arriba, abajo, arriba, abajo. Aumento velocidad y disminuyo. ¡Masturbación! ¡Froto! Le acaricio sus dos sacos que le cuelgan y él para. Aún lo tiene adentro y trata de mirarme para sonreír con el erecto adentro. ¡Punto débil! ¡Punto estratégico! ¡Punto clave! Y así continúa el juego, el con su boca yo con mi mano.
Y regreso una vez más. Ella se ha cansado de chupar. La paleta ya perdió el sabor. Los adentros de su boca se han lacerado, tamaño le rozan por dentro. Ya no quiere sentirse dentro de mí, quiere sentirme dentro de ella. Así comienza otro juego. ¡Penetración! ¡Expansión, y no es territorial! ¡Humedad! ¡Brincos! ¡Brincos! ¡Más brincos! Yo acostado y el erecto dentro de ella. Brincos leves encima de mi vientre, se inclina sobre mi pecho y las sensaciones cambian. ¡Deseo! ¡Excitación! ¡Gemidos! ¡Más gemidos! Más de ella que míos.
¡Flash! El juego bocal y manual ha acabado. Ahora deseamos experimentar otros lugares. ¿Quién quiere primero? Decidimos. Yo primero. Se arrodilla en la cama, le miro. Está preparado y poco a poco, procurando no causarle dolor, aunque en el sexo el dolor cuenta, me adentro en él. ¡Gemido! ¡Dolor! ¡Alivio! ¡Adentro y afuera! Nuevamente ese patrón. Él lo disfruta y yo lo disfruto. Le acaricio la espalda. Él comienza a tocarse. ¡Autodescubrimiento! ¡Placentero! ¡Adentro! ¡Afuera! ¡Arriba! ¡Abajo! Dos patrones diferentes que causan placer por igual.
Regreso. Estoy dentro de ella y dentro de él. Sus senos se mueven. Extiendo mis manos y los toco. Acaricio, Sobo. Palpo. Y ahora comparo con sus sacos. Redondos ambos por igual. Éxtasis. Elipsis final. Culminación. Sus brincos van disminuyendo. ¡Orgasmo! A la vuelta de la esquina. ¡No! La esquina ya la ha pasado. ¡Está ahí! Aún viene. Y puff. ¡Escupo! ¡Explosión! ¡Emano! ¡Salpico! ¡Flash! Se repite el mismo patrón yo dentro de él y él con su mano. Elipsis. ¡Explosión consecutiva! Y los tres caemos rendidos en la cama.
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